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jueves, 3 de septiembre de 2015

Lo que aprendí de papá




El pasado 14 de mayo, se cumplieron 60 años de la salida de mi papá del puerto de Vigo, hacia Caracas. Tenía 16 años, la ropa que tenía puesta, y un cambio de ropa más en una bolsa. Llegó al puerto de La Guaira sin nada, solo contaba con la ayuda de un vecino del pueblo, que se vino antes y ayudaba a venir a todo el que quería.

Supongo que el viaje en el barco no fue muy agradable, porque por más que le pregunté, nunca me dijo como era el barco, y ahora ya no es posible que me lo cuente. Lo que sí me contó fue como Venezuela abrió los brazos a los emigrantes, que como él, huían de la miseria y la pobreza de sus países. Me contó muchas veces cómo en su juventud recorrió decenas de veces por trabajo la ruta entre Caracas y Puerto Ordaz.

Mi papá nos enseñó tanto a mí como a mi hermana a ver fútbol, con la mayor naturalidad y sin añorar un hijo varón. Nos enseñó a ser aficionadas y no fanáticas del Real Madrid, porque decía que los fanáticos eran peligrosos. Nos enseñó a saber perder, y sobre todo a saber ganar con humildad. Nos preparó para ir a la universidad, tener una carrera y ganarnos las cosas con esfuerzo.

Él amaba los animales, me enseñó a montar a caballo, a cuidarlos y respetarlos. Cuando era niña, pasaba casi todos los fines de semana con él en la finca montando caballo y atendiéndolos en lo que hacía falta. Papá sentía un profundo desprecio por todo el que robaba, no soportaba la deshonestidad.

Antes de que el Alzheimer se llevara lo mejor de él, evaluamos la posibilidad de enviarlo a España, para que disfrutara de mejores cuidados de los que podía tener aquí. En ese momento, cuando se lo comuniqué me dijo que si era posible él prefería quedarse aquí, que cuando no tuviera la capacidad de razonar tomáramos la decisión que creyéramos más conveniente, pero que él quería morir en Venezuela porque era el mejor país del mundo.

Mi papá era chavista. Hoy recuerdo con gracia, que en una de las últimas citas con el neurólogo, le preguntaron si sabía quién era yo, y respondió que no, pero que era buena con él. El médico repitió la pregunta de si sabía mi nombre, y dijo que no; pero cuando le preguntó el nombre del Presidente, dijo clarito: Hugo Chávez Frías. La tolerancia, sin proponérselo fue de las mejores cosas que me enseñó.

Antes de que su mente se nublara del todo, en los primeros años de gobierno del difunto presidente Chávez,  había peleas en la familia porque él era el único con esa tendencia política. Las reuniones se convirtieron en una batalla campal, hasta que mi mamá con su enorme sabiduría y don para la conciliación, prohibió hablar de política en la mesa. Durante muchos años no lo comprendí, pensaba que mi papá le tenía pánico a mi mamá y no se atrevía a contrariarla; sin embargo, ahora entiendo lo que mi mamá ya sabía entonces: cuando no hablamos de política seguimos siendo los mismos de siempre.

martes, 28 de julio de 2015

Familia emigrante

Mi mamá llegó a Venezuela el 23 de noviembre de 1963, dejó atrás el pueblito montañoso de Galicia que la había visto nacer a ella, a su mamá y a su abuela. Tenía 18 años y había visto su pueblo, los alrededores de éste, y poco más. Aquí la esperaba un hermano mayor, el segundo hijo de mis abuelos, que se había venido 8 años antes, había mandado el dinero para pagar las deudas que tenían, y para terminar de arreglar la casa rural donde vivían. Luego se vino el tercero de los hijos, y años más tarde se vendría el menor.

Mi abuelo guardaba las cartas que le enviaban, tanto sus hijos como las hermanas de mi abuela, que se habían ido a Barcelona y a Buenos Aires. No hay más de 30 cartas en la maleta de madera que tenía para conservar las cosas importantes, esos tesoros que supongo que leía una y otra vez, que le traían noticias de sus hijos, porque no tenían teléfono en la casa y mucho menos Skype.

Mi mamá en Los Próceres (1963) pocos días después de llegar a Venezuela
Mi mamá regresó a su pueblo once años después, casada y con una niña de seis años, que era mi hermana. Su hermano mayor, quien había sufrido una parálisis de la mitad de su cuerpo cuando ella aún vivía allá, había fallecido. Cuando mi papá empezó la subida que conducía al pueblo, ella no sabía dónde estaba, había pasado tanto tiempo, que hasta la entrada al pueblo era distinta. Tardó once años en volver a abrazar a sus padres, tardó once años en volver a escuchar su voz.

Mis papás nos enseñaron a amar a Venezuela y a España sin distingo. No nos enseñaron el odio, ni el rencor que a ellos los había obligado a abandonar su casa y su vida para ir a un país que no sabían siquiera dónde quedaba. Nos enseñaron el agradecimiento a la tierra que los recibió, y a la que entregaron su vida y su trabajo. Nos enseñaron que la tierra donde se nace se ama en la distancia, porque esa tierra también es uno, y viceversa.

Para conocer en detalle la historia de mis padres, tuve que indagar muchas veces, porque siempre quisieron mostrarnos la parte bonita y positiva del cuento. De la parte bonita, recuerdo los cuentos de mi papá cuando iba al Hipódromo de El Paraíso, o a ver al Real Madrid jugar. De mi mamá me encanta su descripción del día que llegó y vio la Plaza Venezuela por primera vez, a mí no me alcanza el talento para transmitir la emoción de su relato, que siempre termina diciendo: “nunca he vuelto a verla tan bella como ese día”.

En casa nunca hubo espacio para el dolor o para el rencor, nunca se creyeron más valientes o heroicos que quienes se quedaron. Siempre hubo nostalgia por lo que quedó atrás, por la familia, por la casa que significaba amor, cariño, recuerdos, pertenencia. Como se dice en gallego siempre hubo mucha “morriña”, pero nunca hubo sitio para el odio, ni para el resentimiento. Nunca presencié una discusión entre los que se fueron y los que se quedaron, ni enfrentamientos de ningún tipo, afortunadamente todos tenían muy claro de quien había sido la culpa.